Y con brotes de mi siembra

Autor:
Andrés Rivanera (letra) y Eugenio Moglia (música). Popularizada por Los Moros y Jorge Yañez.
Testimonio de:
Guillermo Orrego Valdebenito

En Chacabuco existían dos teatros: uno muy hermoso que tenía relación con la antigua oficina salitrera, donde se dice (equivocadamente) que actuó Caruso, y otro que estaba al interior del campo. En este último teatro, los domingos en la noche, aproximadamente a las 20 horas, se celebraba un show, con la única participación de los prisioneros políticos y la presencia de la guardia de seguridad del campo, por expresa invitación del Consejo de Ancianos, entidad representativa de los compañeros cautivos.

En esos shows destacaba el compañero Servando Becerra, alias Venancio, que interpretaba, preferentemente, temas de El Temucano. Venancio también cantaba canciones de otros autores. La de mayor aceptación del público cautivo era “Y con brotes de mi siembra”, particularmente el momento en que la letra dice: “...fue entonces, cuando el Chano se sube a la carretela y gritó: ¡Hey! ¿quiénes se animan a ir al pueblo a revolverla...?”.

Se podrán imaginar ustedes, la respuesta llena de fuerza e inspiración de los casi mil prisioneros que estábamos en la platea. El estruendo era tal, que se suspendía la actuación por un momento, porque las risas y las tallas superaban lo imaginable. El verso “Vamos pues, dijeron todos”  nos salía del corazón, hasta ofrecíamos nuestras escasas reservas de dinero que todavía conservábamos, con tal de echar la cana al aire.

La otra parte de las risas y las bromas ocurría al final de la canción, cuando Venancio aportaba con su propia cosecha: “...y aquí estoy ¡poh!, sin pega y con el hocico hincha'o....”. Curiosamente lo que había sido parte importante de nuestra tragedia, que era la tortura, con este final se transformaba en risa generalizada. Era compartida por nuestros carceleros que eran, además, nuestras autoridades invitadas.


Publicado: 26 mayo 2015


Por el camino, dormido
en charcos, yuyos y piedras
donde tu casa y la mía
se secretean por señas
y a una cuadra hablan de cosas
de grietas y de goteras
anoche pasó la muerte
guapeando en su mula negra
con poncho de alba y mortaja
y un hueso por lazo y rienda.

Caracoleo en mi ventana
y se detuvo en tu puerta
se echó a tu marido al anca
a dos más les corrió penca
y a mí, por poco me agarra
y me lleva de las mechas.

Recitado:

¡Quién se lo iba a imaginar!
pensar que una remolienda
que empezó batida en risas
iba a cuajarse en tragedia
que la amistad y el cariño
se irían...a la misma mierda
que por rencores añejos
correría sangre fresca
y en ensalada de tajos
picaríamos la fiesta.

¡Buen dar con la polvorita
bien celosa y traicionera
que estalla cuando se juntan
recuerdos, vino y polleras!
Y más con tu hombre, que siempre
tomó de la chicha negra
contigo, que eres como hacha
para formar peloteras
y conmigo, que aunque nunca
le busco el cuesco a la breva
cuando me pisan el poncho
le armo un taco a la prudencia.

Ya iba corriendo la noche
trotando en las cuatro y media.
Del cordero no quedaba
ni una presa para muestra.
El vino había corrido
como para bañar yeguas
y las cantoras, de roncas
ni aleteaban ya siquiera.

Fue entonces cuando el chano
se subió a la carretela
y gritó: ¡hey! ¿quiénes se animan
a ir al pueblo a revolverla?
¡vamos pues! vamos, vamos
¡vamos pues! dijeron todos
pero antes, ¡la última cueca!
y empezaron otra vez
a galopar las vihuelas
a trillar voz las cantoras
y a encacharse las parejas.

El finado salió p'al patio
quizá para aliviar la conciencia
y tú que me andabas de antes
con risitas y con señas
me agarraste por un ala
y a la cancha la pareja.

Dimos la vuelta del brazo
los demás hicieron rueda
tú te subiste la falda
hasta mostrar media pierna
yo tiré al suelo la manta
hice cantar las espuelas
y te rondé, como el gallo
el pañuelo en ala y cresta
en una de punta y taco
zapateada a toda rienda
con aro en el mismo vaso
abrazo y rodilla en tierra.

En medio del tamboreo
la huifa y la sonajera
ahí no más se nos vino abajo
de un solo tirón la fiesta.
Llegó el finado y se vino
al bulto como una fiera.

Lo más suave que te dijo
fue un nombre de cuatro letras.
A mí me sacó de un viaje
al corral la parentela
y me amagó con la argolla
del rebenque a la cabeza.
No pudieron sujetarlo:
¡qué cristiano con más fuerza!
Su enteado pidió cartas
mi hermano afianzó mi apuesta
y nos trenzamos los cuatro
a dar por donde cayera.

La cosa desde un comienzo
se puso hedionda de fea.
Volaron los garabatos
los platos y las botellas.
Se alborotaron los gallos
no sé quién pisó la perra
y el mujerío chillaba
como chancho en la batea.

El finado, fierro en mano
charqueaba el aire a la ciega.
Un tajo me mordió el hombro
Pelé también mi herramienta y ¡yah!...
y hasta ahí no más me acuerdo
porque una manta de niebla
me tupió al rojo los ojos
la memoria y la conciencia.

Y aquí estoy ¡po! a lo hecho, pecho
y que sea lo que Dios quiera.
El que monta en pingo chúcaro,
que aguante si corcovea.
Harto lo siento por ti
pero tiraste la piedra
y aunque ahora escondas la mano
¿quién te mandó a hacerme señas,
a bailar sola conmigo
y a mostrar tanto la pierna
sabiendo bien que al finado
siempre le ortigó la idea
de que si se dio en el gusto
y te ganó por las buenas
se llevó terreno arado
y con brotes de mi siembra?
Vo', de la fiesta al velorio
yo, al hospital y a la celda...
¡qué tal, ah! ¿cuándo me invitai
otra vez a bailar cueca?