Lamento a la muerte del perro Augusto

Canción de:
Sergio Vesely
Testimonio de:
Sergio Vesely

El perro Augusto (no confundir con el periodista Augusto Olivares, apodado cariñosamente “Perro Augusto”, quien fue asesinado en el Palacio Presidencial el día 11 de septiembre de 1973), era la mascota de los presos políticos de Ritoque y viajó acompañado por su amo cuando la Junta Militar decidió cerrar aquel recinto carcelario y trasladar a los detenidos al vecino campo de concentración de Puchuncaví.

Los soldados a cargo de nuestro cuidado lo toleraban, aunque en realidad no lo podían tragar. Nunca dejaron pasar ocasión sin demostrar su aversión por él. La situación se volvió crítica para Augusto cuando los militares se dieron cuenta de que obedecía al nombre del dictador.

En vano tratamos de amarrarlo y encerrarlo en una celda. Augusto estaba acostumbrado a la libertad y no permitía que se cometiera con él un ultraje semejante. Pero su alma cimarrona percibió el peligro y el cuadrúpedo le sacaba el cuerpo a los uniformados, que a partir de ese instante lo empezaron a buscar para matarlo.

Nadie pudo impedir que Augusto sufriera la misma suerte que miles de militantes de izquierda chilenos. La bala que lo mató provino del revólver de un oficial de la Marina, quien horas antes nos había asegurado que nada le pasaría al perro si nosotros impedíamos que cruzara la alambrada para ir a meter las narices al territorio de la Comandancia. Nosotros sabemos que Augusto no se movió de nuestro lado ese día y tenemos suficientes argumentos para suponer que el asesino tenía a un preso político en la mira al apretar el gatillo.

Este lamento nació en la celda el mismo día en que Augusto murió.

Víctimas recordadas en este testimonio:


Publicado: 22 junio 2015


Un hambriento perro vagabundo
en la celda del cautivo hizo su hogar.
Prefirió el candado a la miseria
y sin querer cayó en una trampa mortal.

Sombra del amor, no te salva del rencor.

Perro Augusto, perrito sin dueño,
tú corrías tras un hueso de papel.
Prisionero en tu suerte perruna
plomo frío te darían de comer.

Sombra del amor, no te salva del rencor.

Perforó una bala tu ladrido,
pero el muerto de esa bala no eras tú.
Ese muerto seguirá cautivo,
solo y triste por tu desaparición.

Sombra del amor, no te salva del rencor.

Empezó a cantar una golondra
un canto de vida.