Curas y milicos

Autor:
Sergio Vesely
Testimonio de:
Sergio Vesely

No quiero exagerar, pero el Campo de Melinka llegó a funcionar no solo como fábrica de artesanía y sala de espectáculos, sino que hasta de universidad. Todos los días se daban clases de idiomas, de astronomía, de artes plásticas, de medicina o literatura. Se construían hornos solares. Se ofrecían charlas de aracnología. Se desarrollaban programas de alfabetización.

Para un veinteañero como yo, interesado en conocer más a fondo la historia americana, había profesores de americanismo que, si querían, te regalaban todo su conocimiento sin cobrarte entrada. Fue oyendo a uno de esos profesores que supe del Padre Bartolomé de las Casas, un religioso que vivió en Centroamérica y se ganó el título de Defensor de los Indios en el período más cruento de la Conquista. Su vida estuvo llena de derrotas. No logró impedir los excesos que se cometían con la aprobación de la Iglesia Católica, que era su hogar espiritual.

Yo no logré librarme de pensar en él hasta que conseguí que me prestaran la única guitarra y pude escribir esta canción. A pesar de que su crítica al sistema venía de un pasado muy lejano, a mí me pareció tener la vigencia más absoluta. El Padre Bartolomé se opuso a darle la absolución a los esclavistas. ¿Dónde estaba el Padre de las Casas chileno que le negara la absolución a mis torturadores?

Las canciones son buenas para liberar al cantor de preguntas tormentosas y permitirle denunciar la injusticia sin tapujos, a calzón quitado, como diríamos en Chile. O sea, así como se pintan las cosas cuando uno ve el mundo en blanco y negro. Bromas aparte, no se debe ignorar el positivo efecto medicinal de esta terapia musical. Creo que escribir canciones, más allá del valor que se les quiera o se les pueda encontrar, fue un descubrimiento que me ayudó, más que nada, a darle un sentido a mi vida de prisionero.


Publicado: 23 septiembre 2015


Si la cruz llegó a este mundo
en brazos de un batallón
y una guerra de exterminio
fue la cristianización,
¿quién me salva de tenerle
tirria a la cruz y al cañón?

Si al obrista de mi tierra
se le da la absolución
y cuando muere de viejo
se le da la extremaunción.
¿quién ampara a un pobre diablo
de esta confabulación?

A mí no me cuentan cuentos,
tengo años de actuación,
misionarios y milicos
trastornan nuestra nación.
Unos con el purgatorio
otros con el paredón.

Calladito el auditorio,
denle tiempo a este cantor.
Ahora canto un canto nuevo
que es mejor que el anterior.
En los tiempos que vivimos
todo cambia de color.

Las velitas de la iglesia
empiezan a parpadear,
fieles bajan la cabeza,
un cura sube al altar.
Y la boca se relame
satisfecho el oficial.

Ahora el cura se da vuelta
y se pone a predicar.
Dice que el pueblo está hambriento
y le falta libertad.
Llegará la soldadesca
a enseñarle la verdad.

Las velitas ya no arden,
duelo en la catedral.
En el reino de los cielos
toma el mando un General,
y el alma del buen cristiano
le abre la puerta a Satán.