Oración para que no me olvides

Autor:
letra de Óscar Castro; música de Ariel Arancibia González
Testimonio de:
Rosalía Martínez
Lugar y fecha:
Campamento de Prisioneros Cuatro Álamos, noviembre - diciembre de 1974

Cuando Katia Chornik me contactó hace unos pocos años para pedirme que testimoniara sobre mi experiencia musical en prisión pensé que no tenía mucho que decir. Había pasado la mayor parte de mi detención en la DINA, en la casa de José Domingo Cañas, llamada Cuartel Ollagüe, luego en “Incomunicados” en Cuatro Álamos, y solamente un mes en el campo de Tres Álamos.

Como es sabido, una gran parte de las actividades musicales se dieron más bien en las cárceles, en los campos y en los lugares en que los prisioneros eran reconocidos públicamente como tales. Efectivamente, en el mes que me tocó estar en Tres Álamos, en diciembre del año 1974, la actividad musical era muy intensa y encarnaba para nosotros una manera de estar juntas, entre las compañeras, de compartir la esperanza, las emociones y de crear un cuerpo colectivo que fuera más allá de cada una de nosotras.

Pero como les decía, en mi vida personal este período fue corto, me parecía que ya había bastantes testimonios sobre este tipo de experiencia y que yo no tenía mucho que aportar a ella. Posteriormente, repensando en la proposición de Katia, recordé las épocas de la DINA y de Cuatro Álamos encontrando que, contrariamente a mi primera impresión, la música había estado presente en ambos casos, aunque de manera muy distinta.

En lo que se refiere al período de la DINA, el testimonio de Julio Laks, que también estuvo allí en ese tiempo, les relatará algunos de los momentos vividos en la casa de José Domingo Cañas, yo me centraré aquí en Cuatro Álamos, donde cantábamos de manera casi cotidiana ya que tuve la suerte de que me tocara estar en una pieza bien “cantora”.

Para las personas aquí presentes que no conocieron Cuatro Álamos, les cuento que se trataba de un recinto de tránsito, dirigido por Orlando Manzo Durán, oficial de gendarmería, y que estaba manejado por la DINA. Se trataba de pequeñas piezas, muy chiquititas, de unos nueve metros cuadrados, en las que en cada una de ellas había dos camarotes de dos camas y en las que pasábamos las veinticuatro horas del día encerradas.

Aunque allí, contrariamente a los que sucedía en la DINA, se nos daba comida y en general no se nos interrogaba, lo más difícil de este lugar era el hecho de que llegábamos ahí provenientes de las casas de tortura, generalmente en muy mal estado físico, y quedábamos ahí, por largos períodos, a veces meses, a disposición de la DINA que nos sacaba nuevamente para interrogarnos, durante horas, días o semanas.

En las piezas de Cuatro Álamos era el primer lugar donde se compartía la vivencia de la tortura y esto servía para poder enfrentar la situación que estábamos viviendo. En Cuatro Álamos las camionetas con detenidos entraban y salían día y noche, y desde ahí muchos de nuestros compañeros fueron sacados en algún momento y están hasta hoy día desaparecidos.

En la pieza número 3, éramos generalmente once o doce personas, y pasábamos el día sentadas de a dos o tres sobre cada cama de los camarotes. Una parte fuerte de nuestro intercambio era el canto, que no podía ser muy fuerte ya que podía desatar la ira de los guardias y los castigos subsecuentes. Así, cantábamos casi susurrando.

Las canciones hacían parte de una cultura musical de izquierda, canción social y política, los infaltables boleros y otras canciones mexicanas que cantaba con su voz grave y profunda Amalia. En la inmovilidad y la tensión de las horas, el canto nos permitía estar vivas e incluso reírnos y hacer bromas. Era como un espacio de resistencia, un espacio colectivo y nuestro al que ellos, los portadores de la muerte, no podían entrar.

Me quedan en la memoria, como una marca imborrable de esos tiempos, algunas canciones que en general no puedo o no quiero cantar. Quiero contarles la historia de una de ellas, de la cual no supe nunca el título ni el autor y tampoco busqué saberlos. Nos fue enseñada por Cecilia Bojanic, una muchacha de 23 años, militante del MIR que había sido detenida junto a su marido Flavio Oyarzún.

Se trataba de una canción popular, bastante conocida que dice “Yo me pondré a vivir en cada rosa…” ¿la conocen? Era una canción con la que Cecilia y Flavio se habían enamorado. En Cuatro Álamos, Cecilia pedía que la sacaran al baño, y aprovechando que se encontraba más cerca de las piezas de los hombres, cantaba despacito desde la ventana esta canción con la esperanza de que Flavio la escuchara, de que al oírla, él supiera que ella estaba viva, que estaba bien y que pensaba en él.

Creo recordar que alguna vez ella volvió del baño muy contenta porque escuchó un silbido con la misma canción y pensó que era Flavio que le contestaba. En la pieza, cuando susurrábamos este canto, lo hacíamos para apoyarla cuando estaba triste, y también para mandarle fuerza a Flavio, aunque él no pudiera oír las voces.

Cecilia y Flavio tenían un niño de dos años, al que ella llamaba Lalito y del que nos hablaba constantemente. Además estaba embarazada de unos cinco meses y ya tenía una guatita. Como yo dormía con ella acurrucada en “cucharita” a la cabecera de la cama - otra persona dormía a los pies - me sucedió algunas veces que sentí contra mi espalda leves movimientos, pequeños golpes, del ser que ella portaba. Estos breves instantes de la vida que pasaba por los cuerpos entrelazados, son una de las experiencias más fuertes que me ha tocado vivir.

En noviembre de 1974, no sé exactamente la fecha, Cecilia y Flavio fueron sacados de Cuatro Álamos y hasta ahora los dos, y la guagua aún no nacida, están desaparecidos. A las presas de la pieza número 3 nos queda el recuerdo de esta canción que no quiero olvidar aunque no pueda cantarla. Volver a ella aquí, hoy día, es una manera de guardarlos vivos, y por eso creo que este proyecto es importante.

Quiero agradecer a Katia Chornik y al Museo de la Memoria esta iniciativa que es muy estimulante por varias razones. Antes que nada, porque Katia es una persona de otra generación. Creo que para nosotros es algo reparador y totalmente milagroso, algo que no habríamos esperado nunca hace treinta años, ver a los jóvenes retomando esta memoria, moviéndose por este pasado y haciéndolo suyo. Haciendo que tenga sentido para ellos.

Me parece también que todo lo que tiene que ver con la música hace parte de una memoria sensible, una memoria de los cuerpos, de los afectos, de las emociones en las que se enraízan las razones por las que luchamos. La expresión sensible es el espacio donde las ideas y los proyectos de sociedad se transforman en experiencia de vida.

Antes de terminar quiero contarles un ejemplo de París a propósito de la memoria. Cuando fue el arresto de Pinochet en Londres en 1998, durante varios años trabajamos en París de manera intensa con un equipo de compañeros ex presos políticos recogiendo centenas de testimonios que servirían para los procesos de Londres y Madrid. En ese momento tomamos conciencia de que mucha gente no había hablado nunca de lo que había vivido, ni siquiera a su familia, a su mujer o a sus hijos.

Muchas razones individuales y colectivas explicaban este silencio, pero dos eran muy frecuentes. La primera es que había una autocensura sobre la importancia de su propia experiencia. ¿Cómo una persona que había sobrevivido podía preocuparse de lo que le había tocado vivir, si esto no significaba nada en comparación con el destino de los desaparecidos y los ejecutados? La segunda razón tenía que ver con la ineficacia de dar testimonios en esa época.

En 1998 testimoniar no tenía ninguna consecuencia, ni jurídica ni política. La única situación en que la gente testimoniaba y contaba algo de su experiencia era cuando tenía que decir algo sobre algún desaparecido. Desde entonces ha corrido mucha agua bajo el puente.

Y me parece que lo más importante es que se ha puesto en marcha una memoria colectiva que aparece bajo formas muy distintas, y de las cuales es parte este proyecto. Es una memoria que nos sobrepasa y que va más allá de cada uno de nosotros. La memoria de lo sensible es importante porque a través de ella aparecen todos esos detalles, todas esas cosas del pasado que a veces no pueden contarse con palabras, cosas que nos permiten compartir la experiencia haciendo que ella pueda actuar en el presente.

Víctimas recordadas en este testimonio:


Publicado: 08 noviembre 2015


Yo me pondré a vivir en cada rosa
y en cada lirio que tus ojos miren
y en todo trino cantaré tu nombre
para que no me olvides.

Si contemplas llorando las estrellas
y se te llena el alma de imposibles,
es que mi soledad viene a besarte
para que no me olvides.

Yo pintaré de rosa el horizonte
y pintaré de azul los alelíes
y doraré de luna tus cabellos
para que no me olvides.

Si dormida caminas dulcemente
por un mundo de diáfanos jardines,
piensa en mi corazón que por ti sueña,
para que no me olvides.

Y si una tarde, en un altar lejano,
de otra mano cogida, te bendicen,
cuando te pongan el anillo de oro,
mi alma será invisible
en los ojos de Cristo moribundo
¡para que no me olvides!