El cautivo de Til Til

Canción de:
Patricio Manns
Testimonio de:
Renato Alvarado

Llegué a Tres Álamos la víspera de la partida de un grupo numeroso hacia México, entre los cuales se contaba el doctor Ipinza, de modo que él me dejó en herencia el cargo de médico, los remedios aportados por la Cruz Roja y su lugar en el Consejo de Ancianos. Este último título, a los 28 años, me pareció curioso, pero también entendible, por la consideración social que habitualmente tienen los sanadores en todas las tribus; esto fue el origen de este cuento, y también de la mentada huelga médica, pero eso es otra historia.

El asunto es que un tiempo más tarde se supo que nuestro pabellón iba a recibir la visita de una comisión de la Cruz Roja; los presos del pabellón vecino, que estaban entonces a punto de salir también hacia México, y que no iban a recibir tal visita, tenían interés en hacer llegar a dicha comisión una lista de nombres de personas entonces desaparecidas. Con tal motivo escribieron tales nombres en un papel, el que enrollaron y pasaron a través de un minúsculo agujero abierto en el muro que separaba ambos pabellones hacia el fondo del patio, a la altura de los lavaderos.

Quien realizó esa maniobra llamó a quien percibió más cerca, del otro lado del muro y sin tener idea de quién se trataba; sólo le indicó hacerlo llegar a un integrante del Consejo de Ancianos.

La suerte quiso que quien recibió el papelito fuera uno de los pocos presos no-políticos que allí también había: el “Chico Pulento”, integrante de la larga dinastía delincuencial de los Fuentes Cancino, especialista en apuestas ilegales y que por andar con carnet de identidad falso quedó como sospechoso de ser “subversivo”. El Pulento no tenía  idea de la organización de los presos políticos, de modo que recurrió al único amigo que había hecho en este grupo, al mexicano conocido como “Toluca”, quien a su vez me hizo llegar el encargo.

Lamentablemente toda esta maniobra había sido “sapeada” por uno de los espías plantados entre los prisioneros y horas más tarde el Pulento, el Toluca y este servidor fueron conducidos ante la presencia de Conrado Pacheco, Comandante de Tres Álamos. Lo divertido del asunto es que a esas alturas ya no se trataba de nombres de personas que habían pasado a través de un agujero en el muro, sino de un grupo de personas que iban a atravesar el citado agujero; es decir una fuga en masa y en toda la regla.

Nos hicieron sentar en el suelo del pasillo ante la oficina de Pacheco y el primer llamado a comparecer fue el Pulento. A través de la puerta acristalada se podía escuchar perfectamente como el policía lo increpaba diciéndole: “Me decepciona usted Fuentes, pensaba que nos entenderíamos en otros términos”, lo que me dio a entender que previamente había tratado de convertirlo en informante; tras lo cual procedió a emprenderlas a puñetazos, que el Pulento se bancó como sufrido roto chileno.

El siguiente fui yo y no dejé pasar la ocasión para ser todo lo ofensivo que acostumbraba en tales ocasiones, total ya sabía que el castigo iba a caer igual; cuando llegaron las bofetadas yo ya estaba en guardia y pude barajarlas sin problemas; entonces fue el turno de Toluca. Este compañero era de contextura muy menuda, no debe haber pesado ni sesenta kilos, y durante todo este rato había tenido tiempo para preparar su actuación: al primer puñetazo asestado por el paco, Toluca voló por encima del escritorio arrasando todo a su paso y destrozando la gran máquina de escribir que allí se encontraba. A través de la puerta – que había quedado abierta – yo veía a Toluca tirado en un rincón en medio de los escombros, diciéndole a Pacheco “…¡qué derechazo que tiene usted, Comandante!…” mientras el policía miraba estúpidamente su mano aún empuñada y el destrozo que había causado, tratando de comprender cómo era que él había provocado tal desastre.

Por ser yo el de mayor “rango” involucrado en el suceso, me gané varios días de estadía en el espacio que quedaba bajo la escala de acceso al sótano, con derecho a palizas cotidianas y a un posterior envío a Villa Grimaldi para que siguieran disciplinándome. Como ya no era la primera vez que esto ocurría, ya sabía a qué atenerme, de modo que nuevamente aproveché la ocasión para indisponer todo cuanto pude a los pacos con los dinos, y estos últimos, al percatarse de que no me enviaban para obtener información alguna sino sólo para castigarme, lo hicieron, pero sin demasiado entusiasmo, y así fue como sobreviví a mi estadía en “la Torre”.

Fue justamente cuando venía de vuelta de Villa Grimaldi durante este episodio, y mientras cumplía la obligatoria pasada por el pabellón Cuatro Álamos, que abrí la ventana y entró Beethoven. También en esos días estaba en una de las celdas vecinas una pareja formada por uno de los muchachos del MIR que dieron la famosa conferencia televisiva llamando a deponer las armas, y su compañera; esa chica tenía una voz hermosísima, y todos los días, a la hora de la puesta del sol, ella cantaba una canción, siempre una diferente, para todos los demás presos. Nunca pudimos verla mas pero siempre la recordaremos.

Un día ella cantó “El Cautivo de Til Til”, la cual refiere la muerte de Manuel Rodríguez, quien fue la figura más carismática durante la lucha de Chile por independizarse del imperio español; esta canción era para nosotros profundamente significativa, ya que Manuel Rodríguez es la encarnación mítica del guerrillero popular, al punto que la principal organización de lucha armada contra la dictadura tomó su nombre, pero para nosotros era también el primer detenido desaparecido por obra del gobierno chileno.

Finalmente Toluca logró hacer llegar a destino el mensaje, por medio de la distinguida pianista chilena doña Flora Guerra, quien, como la inmensa mayoría de los artistas de este país, apoyó siempre a la democracia.


Publicado: 25 octubre 2015


Por unas pupilas claras
que entre muchos sables
viera relucir,
y esa risa que escondía
no sé qué secretos,
y era para mí.
Cuando altivo se marchó
entre gritos de alguacil
me dolió un presentimiento
al verlo partir.

Dicen que es Manuel su nombre
y que se lo llevan
camino a Til-Til,
que el gobernador no quiere
ver por La Cañada
su porte gentil.
Dicen que en la guerra fue
el mejor y en la ciudad
le llaman el Guerrillero
de la Libertad.

Sólo sé que ausente está,
que le llevan los soldados,
que amarrado a la montura
la tropa lo aleja de su General.
Sólo sé que el viento va
jugueteando en sus cabellos
y que el sol brilla en sus ojos
cuando le conducen
camino a Til-Til.

Dicen que era como un rayo
cuando galopaba
sobre su corcel
y que al paso del jinete
todos le decían
por nombre: Manuel.

Yo no sé si volveré
a verle libre y gentil,
sólo sé que sonreía
camino a Til-Til.