Himno a la alegría

Autor:
original de Friedrich von Schiller (letra) y Ludwig van Beethoven (música). Versión libre en español de Amado Regueiro Rodríguez, aka Orbe (letra) y Waldo de los Ríos (música), popularizada en Chile por Miguel Ríos.
Testimonio de:
Amelia Negrón
Lugar y fecha:

Todos los preparativos se intensificaban para esa noche de miércoles. Iba a ser una noche diferente, nos habíamos organizado en secreto entre nosotras, pero más importante aún, nos habíamos organizado con los compañeros presos. No tengo claro si ellos habían aceptado la idea o nos la habían propuesto. A estas alturas ese detalle no es relevante.

Otra cosa importante es que habíamos logrado filtrar la idea hasta Lola, como la llamaremos aquí. Era casi una niña. Bajita, pelo negro, risa cascabelera, ojos destellantes y vivía en el barrio, ahí cerquita, detrás ese largo muro, hoy pintado de blanco. Ella había estado con nosotras algunos meses, y el día que se fue, lloró, lloró, lloró y lloró. Al fin se iba, pero se llevaba la pena de dejarnos a nosotras allí dentro.

Pero así era, algunas se quedaban, otras se iban de regreso a sus hogares o al exilio. Pocas, muy pocas volvieron. Preparamos entonces, por adelantado la cena de Año Nuevo, teníamos que estar listas a la hora indicada: las doce de la noche, ni un minuto más ni un minuto menos.

Hicimos ensaladas de todo tipo, con tomates, lechugas; de postre teníamos todas las cosas ricas que nos habían llevado los familiares: frutas de nuestro generoso Chilito, panes de pascua, galletas, algunos chocolates, etc., más el plato de fondo que nos tocara, nunca sabíamos qué iba a ser, aunque no nos importaba mucho, para eso nos preocupábamos nosotras de complementarlo con yogur de pajaritos y mermelada, hecho con la leche que la Cruz Roja Internacional nos llevaba, que no era rica ni de lejos ni de cerca, pero que con los pajaritos y la mermelada resultaba pasable. Con esto ya éramos ¡casi felices!

Comimos, lavamos los tachos, nos arreglamos un poco, no mucho, no tanto como para las visitas, momento en que sí teníamos que estar bellas y saludables para nuestras familias, compañeros, hijos, amigos. Por ningún motivo el ánimo podía decaer, esos pocos días de las visitas eran felices, los íbamos a poder ver tocar, oler, abrazar, hacer cariño, entregar los regalos que les habíamos hecho, las noticias, los últimos rumores de libertades, ¡tantas cosas y en tan poco tiempo!

Así, febrilmente sacamos las mesas al medio del patio y juntamos las bancas. En medio de los preparativos ya llegaban las doce de la noche. Faltando cinco minutos y en medio del silencio y la oscuridad, nos subimos a las bancas y a las mesas, calladitas, pero sonriendo.

Y la directora contó hasta cuatro y rompimos de golpe el aire esa noche cálida cuando todas, al unísono, las casi 120 voces de las mujeres presas políticas en el campo de concentración de Tres Álamos empezamos a cantar “El himno de la Alegría” a todo pulmón hacia el cielo. Más allá de los muros que nos encerraban. Saltando nuestras voces fueron a llegar a los oídos de nuestros compañeros de los Pabellones 1 y 2, en libre plática, como se le llamaba.

De los que estaban en Cuatro Álamos, aún desaparecidos, por no estar reconocidos, seguramente supieron dónde estaban, al reconocer nuestro canto. Pero también a los oídos de la Lola y todos sus amigos del barrio, sentados en la acera frente a los portones cerrados pero inútiles para parar nuestras voces y todos los vecinos del campo de concentración. Esa noche se formó un solo coro libre de muros y vallas.

Y cantamos y cantamos: “El Himno de la Alegría”, “El Negro José”, “Palabras para Julia”, “No volveré” y seguimos cantando y cantando. Nosotras cantábamos una canción y los hombres, nuestros compañeros de presidio, más allá de los muros que nos separaban, nos respondían. Así, esa noche, cerca de la una de la madrugada, nos fuimos a acostar agotadas, roncas pero felices. Habíamos roto las cadenas, aún era posible pensar en la libertad.


Publicado: 29 diciembre 2014


Escucha, hermano,
la canción de la alegría
y el canto alegre del que espera
un nuevo día.
Ven, canta, sueña cantando,
vive soñando el nuevo sol
en que los hombres
volverán a ser hermanos.

Si en tu camino sólo existe la tristeza
y el llanto amargo
de la soledad completa,
ven, canta, sueña cantando,
vive soñando el nuevo sol
en que los hombres
volverán a ser hermanos.

Si es que no encuentras
la alegría en esta tierra,
búscala, hermano, más allá
de las estrellas.

Ven, canta, sueña cantando,
vive soñando el nuevo sol
en que los hombres
volverán a ser hermanos.