La Sudestada

Autor:
desconocido
Testimonio de:
Luis Alfredo Muñoz González
Lugar y fecha:

Estando aislado en Cuatro Álamos, un día noté que había una sala grande al fondo del pasillo y que los “dinos” la habían llenado de prisioneros de un día para otro. Al caer el día, estos compañeros armaban una gran “chimuchina”: conversando, intercambiando información, preguntando y cantando. Era una actividad frenética de solidaridad, apoyo, valentía y calidez.

Una tarde se escuchó una voz que sobrepasó a las otras, con una canción y una música desconocidas. Una voz hermosa, fuerte y clara. La voz parecía venir no de la sala grande sino de una celda cercana a la mía.

Ya en “libre plática”, traté de encontrar al compañero detrás de la canción pero nadie sabía de su paradero. Tiempo después alguien me dijo que el compañero era Horacio Carabantes, de Valparaíso.

Aunque sólo escuché la canción un par de veces antes que Carabantes desapareciera del pabellón, ésta nunca ha abandonado mi memoria. En mis años de exilio he cantado “su” canción en cualquier oportunidad que se presente y a quien quiera oírla. Todos quedan asombrados aunque no entiendan español.

Víctimas recordadas en este testimonio:


Publicado: 08 enero 2015


Estaba yo un día sentado
conmigo en una mesa
estaba satisfecho de mí mismo
mi vida su miseria y su grandeza.

No era un día de tantos
era un día
no eran viejos amores ni cerveza
era un día de tantos el que yo amaba
mi vida su miseria y su grandeza.

La agarré con las piernas
con los brazos
con la boca
con los dientes
con la lengua
la agarré, la besé, quise tanto
a esa Sudestada
en mi cabeza.

Estaba yo un día sentado...